miércoles, febrero 16, 2011

Berlusconi y las tres juezas: ¿justicia poética o futuro taquillazo del porno italiano?

Anoche me acosté pensando en Berlusconi, esta mañana me levanté pensando en Berlusconi y gracias a los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y tronos (que de los pobres nadie se acuerda porque en la crew celestial vienen a ser una especie de extras) NO SOÑÉ CON BERLUSCONI, y si no sucedió es porque, antes de dormir, yo recuerdo a todos los que prestan servicios celestiales para no tener pesadillas.
En fin, que no dejaba de imaginarme cómo se está relamiendo don Silvio en estos momentos, sólo de pensar en las tres juezas que se ocuparán de lo suyo, nunca mejor dicho. Este gordito con toda seguridad ya ha hecho tres orgías en homenaje a cada una de ellas, las ha puesto a cantar y bailar reggaeton con la toga a la altura de la cadera y habrá ensayado su defensa frente a las tres jovencitas quinceañeras que han interpretado a las juezas en las juergas que se ha corrido (nuevamente, nunca mejor dicho) previas al juicio.
Pero el gordito no sólo habrá ensayado su defensa en pelotas, con toda seguridad también habrá ensayado el obscenísimo gesto que hará a sus colegas al ver a las tres señoras, porque un hombre como él se debe a su público y ese gesto tiene, es una cuestión de honor, que superar con creces al que hizo cuando vio a la señora Obama.
A estas alturas también el gordito se habrá reunido con sus colegas ejecutivos del porno italiano, para quienes a manera de hobbie ejerce como jefe de casting, porque sin lugar a dudas habrá visto una oportunidad de negocio en esa cabecita suya tan calenturienta y sabe que esta historia será el éxito cinematográfico de la temporada. Así que de justicia poética como dijo un periodista de RNE esta mañana, nada de nada, este incidente de las tres juezas no es más que otro capítulo en la vida de un hombre
afortunado que hace lo que le viene en gana y que seguramente todas las mañanas escucha aquel merengue de Wilfrido Vargas que tan de moda estuvo en el Caribe en los ochentas: “Soy un hombre divertido, yo no sé lo que es tristeza”.

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miércoles, mayo 12, 2010

Fantasmas en la Oficina

Llego a la oficina, peleo con la cerradura de seguridad de la puerta. Antes he tenido que dejar el café en el suelo porque ya en otras ocasiones me lo he tirado encima un par de veces intentando abrir sin suerte.
Quito la alarma, enciendo las lámparas de la salita de espera, le doy a todas las luces necesarias del “bajo bien iluminado” y escucho voces. Me asalta entonces la paranoia esotérica que me ha surgido después de un año de estar leyendo novelas góticas sin descanso: “Aquí hay alguien”, pienso. Y claro, ese alguien ya sabe que yo sé que está porque según nuevos datos obtenidos de novelas góticas de este siglo, los espíritus escuchan tus pensamientos. Me digo entonces que habría podido pasar el resto de mi vida sin esa información porque ya suficiente tengo con saber que están pululando por ahí vigilando todo lo que haces. Finjo que no pasa nada. No es posible que esta oficina en la que todo es blanco y nuevo, modernísimo hasta el último detalle (excepto mi ordenador) tenga elementos de otro mundo pues con los ucranianos de desarrollo ya hay de sobra; pero la vocecilla sigue allí, con su sonido sordo como salido de una película de terror japonesa ¿Será la chica de la tele que viene a buscarme? ¿Saltará desde la pantalla del ordenador? Al menos no hay agua por ningún lado. La vocecilla de repente se altera y dice: “Si no va a hablar ¿para qué llama?, voy a cortar la comunicación” Proceso rápido y mientras pienso que este fantasma viene del más allá con exigencias y pataletas, veo una luz en mi bolsillo. Accidentalmente he marcado un número de teléfono de atención al cliente de mi operador y al mismo tiempo que yo intentaba pensar en la estrategia más adecuada para informar a los miembros del equipo de Gluly que nuestra oficina estaba “habitada”, la pobre operadora se desgañitaba al otro lado tratando de hablar conmigo.
¡Se acabó el misterio! Hala, a meterme en el cuerpo el primer chute de nicotina y cafeína y a encender el ordenador que ninguna despeinada japonesa va a tratar de agarrarme por el cuello desde la pantalla.

miércoles, diciembre 10, 2008

Dulce Navidad

El año se termina y con el nuevo llegan los buenos propósitos, pero antes de las campanadas y del crítico momento en que nos atragantamos con las doce uvas, está la que considero la época más particular del año: la Navidad.
La Navidad no sólo es particular por los problemas temporales, ya que la Iglesia Cristiana decidió ubicarla el 25 de diciembre aunque no coincidiera con el momento histórico del nacimiento de Jesús, sino por los sentimientos que genera en las personas. Todos sonreímos, somos buenos, queremos hacer donativos, recoger regalos y ropa para los pobres y además comemos y compartimos comida como si se acercara el fin del mundo. A mí todo esto me resulta curioso, quizá porque en mi familia no hay tradición navideña. De hecho mi madre cuenta que cuando yo nací, dieciséis años después de mi hermano, mi padre le sugirió poner un arbolito para que yo viviera la época en toda regla. Mi madre entonces se dio a la tarea de conseguir un árbol plateado de esos que vendían en almacenes Ley, colgarle bolas de colores y enredarle guirnaldas brillantes. Dice Doña Graciela que una vez hubo finalizado, me invitó a entrar en la sala para contemplar su obra. Yo, que contaba dos años por aquel entonces, entré, le di un vistazo y salí a buscar una escoba. Rápidamente me desplacé hasta el adminículo, lo agarré a escobazos y hasta que no rompí la última bola no me quedé tranquila. Y allí, por supuesto, murieron los intentos paternales por sembrar la semilla del espíritu navideño en una casa en donde nadie jamás le prestó mucha atención a las fiestas. Posteriormente, y cuando ya era yo más consciente de lo que significaba la época del año, me dedicaba a escribir larguísimas cartas al Niño Dios pidiéndole todos los regalos posibles. Él solía ser bastante generoso pero lamentablemente nunca me traía lo que había ordenado, lo cual era una práctica bastante común pues a la mayoríade los chicos de mi barrio les ocurría lo mismo. Esto me ha llevado a pensar en que quizá la pérdida de la fe de algunos tenga que ver con las “incidencias” en los pedidos. Por supuesto a todos la emoción de los regalos en la mañana del veinticinco nos hacía olvidar la lista, pero posiblemente aquello se quedaba en el inconsciente colectivo generando un malestar religioso – consumista.
Cada uno supo la verdad sobre el Niño Dios casi al mismo tiempo y entonces todo cobró sentido, entendimos los problemas del correo, las disparatadas entregas que no coincidían con los productos solicitados, y la presencia de calcetines y ropa interior entre los regalos. Y lo que es mejor, el porqué de no recibir regalos de tíos y primos: nuestros padres los guardaban en el armario para entregarlos con los comprados por ellos y así darle a la mañana del veinticinco un toque de abundancia. Al tema de los regalos se sumaba la cuestión mágico – religiosa con las aburridísimas novenas en casa de algún vecino, cuyo único atractivo era la comida. A las novenas asistíamos con la expectativa de que se acabara pronto para dar buena cuenta de los pastelitos, caramelos y chocolates que iban a ofrecer. Evidentemente cada novena era valorada por el tipo de comida y no por la devoción de los que rezaban. ¡Ni hablar de aquella en que no se divisaban pasabocas por ninguna parte! La casa era vetada inmediatamente para el próximo año y los peregrinos tragaldabas del barrio sabíamos que allí ni pensar en volver.
De todas las novenas a las que asistíamos la que más llamó nuestra atención fue la de las vecinas ricas de la esquina que estudiaban en un colegio bilingüe, pues todos los villancicos los cantaron en inglés así que los únicos que abrieron la boca fueron los dueños de la casa. Además ellas y sus primas, que respondían a nombres como Mary Ellen y Peggy Sue, vestían jerséis de lana con renos y Papás Noel bordados en relieve, y vale que a Barranquilla en diciembre lleguen las brisas y que en su casa tuvieran el aire acondicionado central a tope, pero en el Caribe, pero aquello era el “no va más” del agringamiento.
Ya de mayor me fui a vivir a Bogotá con mi hermana y su familia, que resultaron ser los más navideños del planeta y allí tuve experiencias memorables como las de ayudar a cocinar para sesenta personas, recibir regalos de parientes conocidos y desconocidos, y cantar bambucos o música llanera a la media noche, y claro, tuve una inyección de espíritu navideño a lo largo de mis cinco años de carrera universitaria, para finalmente volver a mis orígenes al casarme con el Grinch, pues mi marido considera que los adornos de navidad son una horterada, los anuncios de televisión de la época una manipulación descarada y abusiva de los sentimientos, y dar regalos una forma más de dejarse arrastrar por el consumismo pues ya podríamos dar regalos a los que queremos en cualquier época del año y no necesariamente cuando lo dicta una norma impuesta por la Iglesia y los comerciantes. Así las cosas yo me libro de darle regalos, de adornar la casa, de gastar en electricidad más de lo necesario y de hacer una cena pantagruélica que representa esfuerzos físicos y económicos. Sin embargo, la costumbre de catadora de alimentos navideños en casas de amigos y parientes la conservo intacta, después de todo, lo mejor que tiene la navidad es la exacerbación de los sentimientos proyectada en la abundancia de comida.

sábado, noviembre 01, 2008

Lady Maleta

Es el apodo con el que me bautizó mi marido, en ese entonces novio, cuando yo era directora de la biblioteca de la Universidad del Norte y aprovechaba mis viajes a España para comprar libros que eran difíciles de conseguir en Colombia.
Tenía yo dos maletas enormes del tamaño de un ataúd para obesos y las llenaba con tantos libros como les pudieran caber, consciente de que lo que pagara en exceso de equipaje sería inferior al precio de los libros en Colombia y que dicho esfuerzo merecía la pena porque haría feliz a muchos profesores e investigadores de la universidad, que esperaban con ansia el material bibliográfico que yo llevaba.
No obstante la felicidad de los usuarios era directamente proporcional a la amargura de mi pareja, quien cada vez que me veía llegar cargada sentía fuertes retortijones de estómago porque sabía que él sería quién tendría que bajar las maletas desde un cuarto sin ascensor, meterlas en el baúl del taxi y arrastrarlas hasta el puesto de facturación.
Con el paso del tiempo y el trasiego entre aeropuertos me di cuenta de que el título nobiliario otorgado por mi novio era válido también para cierto número de féminas que andan por el mundo con un gran número de maletas que no llevan exactamente libros.
Mi hermana por ejemplo, fanática de los plátanos maduros y que siempre se quejaba de que en Bogotá no podía preparar plátanos pícaros porque con el frío no alcanzaban el punto de maduración, cierto día mientras estaba de vacaciones en Barranquilla tuvo la maravillosa idea de llevarse una caja llena de plátanos cuasi podridos que facturó rápidamente por temor a que su marido, poco dado a andar llevando comida de un lado a otro y mucho menos en un avión, se diera cuenta de lo que ella había colado entre el equipaje.
Al llegar y mientras esperaban las maletas frente a la cinta mi cuñado vio salir un solitario plátano que parecía haber sido agarrado a zapatazos durante el vuelo,  y él que no es ningún tonto supo inmediatamente a quién pertenecía aquella cosa fétida que supuraba una especie de baba blanca.  En silencio y sin dirigir si quiera una mirada compasiva a su consorte echó a rodar su equipaje de mano y salió dignamente del área.  Mientras tanto mi hermana contemplaba tres purulentos plátanos más ante las caras de espanto del resto de los pasajeros, para finalmente ver salir una caja de cartón húmeda que había estallado durante el vuelo y por supuesto había quedado en un estado lamentable.  Ella, como si fuera algo de lo más normal, fue abrazando uno a uno sus platanitos y los restos que quedaban en la caja.  Pero la pesadilla de mi cuñado todavía no había terminado porque no hubo un solo taxi que quisiera parar y llevarlos a su casa, pues ante la visión de mi hermana abrazando siete plátanos podridos y el olor que despedía, los taxistas sólo atinaban a decir: “Señora, ¡usted apesta!”.
Sin embargo ella no daba su brazo a torcer y no cedió hasta encontrar un taxi que los llevara luego de exigir que ya que tenía que soportar su olor,  por lo menos tirara los plátanos.
En otra ocasión una conocida mía, caribeña residenciada en las Islas Canarias, quiso ofrecerle a su marido un típico desayuno costeño de yuca con suero, y no tuvo mejor ocurrencia que empacar en su maleta una botella de vidrio que contenía un litro de suero que con la presión estalló y alborotó a todos los perros del aeropuerto.  Llegaron los guardias civiles, la hicieron abrir la maleta y allí estaba regado el líquido blanquecino cuyo olor ácido tenía ladrando como locos a los pastores alemanes.   Los guardias horrorizados ante tanta fetidez preguntaban qué era aquello mientras ella entre lágrimas intentaba explicar cuál era la naturaleza del suero costeño: leche cortada con sal.
Por supuesto en los aeropuertos puede suceder cualquier cosa pero lo más exótico que he tenido oportunidad de ver ha sido una maleta llena de Lisa seca empacada al vacío que sorprendió tanto a los que hacíamos la fila como al agente de aduanas.  La portadora de semejante contenido ante la peste que desataron casi veinte kilos de pescado sólo tuvo a bien decir en legítima defensa: “A mí me dijeron que esto empacado así no olía ¿y ahora qué voy a hacer con mi ropa?”.  Esta pregunta por supuesto indignó al agente aduanero, que no sólo estaba furioso porque él también iba a quedar marcado por aquel aroma sino porque tamaña pregunta tan estúpida sólo tenía una respuesta posible y él atinó a darla:  “Vea doña, veinte kilos de Lisa huelen porque huelen, pero ése no es el problema, la cuestión es ¿usted para qué lleva tanto pescado? ¿Cuáles son sus planes al introducir esa cantidad en un vuelo comercial?”.  Seguramente la señora no sabía que uno de los elementos más peligrosos de transportar es el pescado porque si se llega a descongelar los gases que emite pueden envenenar a la tripulación y al pasaje entero.  De hecho un conocido mío que es piloto de carga siempre sostiene que es preferible transportar explosivos o culebras antes que pescado. 

No les quepa la menor duda de que en el caso “Lady Maleta llena de Lisa” la situación pasó a
mayores y la pobre mujer no pudo viajar por ser considerada sospechosa de terrorismo.  Eso lo supimos después porque antes de ser detenida los que hacíamos la fila estábamos más preocupados porque nuestras cargas de dulce de leche, que dicho sea de paso, ahora es utilizado para fabricar bombas caseras, no fueran consideradas también elementos de alto riesgo. 

Después del incidente con el pescado pude ver también como a una señora peruana en el aeropuerto de Barajas un guardia civil le preguntaba la razón de traer tanto pollo a España, nunca supe que contestó ella pero lo cierto es que alcancé a contar unas quince pechugas cuando pasé lentamente por su lado con la clarísima intención de conocer las razones de su detención.

Con el tiempo he ido reduciendo al máximo lo que llevo en mis maletas, intento sólo empacar lo necesario y evitar que la nostalgia alimenticia me juegue una mala pasada, sin embargo en mi reciente viaje a Suecia no pude evitar traer la comida típica de Gotland más con el objetivo de hacerle una broma a un amigo que con la intención de sentarme a disfrutarla, pescado podrido, eso sí, enlatado.

jueves, septiembre 25, 2008

Sudaca

Querida Diana: No te alcanzas a imaginar este periplo. Si me pidieras que lo definiera en una sola palabra ésa definitivamente sería “inenarrable” dado el cúmulo de experiencias vividas en tan corto tiempo y mi incapacidad para decirlo todo en una sola carta, sin embargo intentaré contarte los hechos más relevantes para que te hagas una idea así sea vaga de lo que me ha sucedido últimamente en este país que comenzó cuando el agente de aduanas leyó mi nombre en el pasaporte, Catherine Eljaieck, al que tú estás acostumbrada y que te parece de lo más normal, pero querida, ir por el mundo con un apellido árabe y un pasaporte colombiano puede resultar cosa complicada, porque claro, te miran, te vuelven a mirar y luego te preguntan: “ ¿Y este apellido de dónde es?”. Y yo contesto -con vocecita de niña de cuatro años- :“Sirio”, mientras me trago la saliva, cuando en realidad por dentro estoy gritando: “Señor, se lo juro, yo no soy ni terrorista ni narcotraficante”, pero ya sabes cómo soy, no deja de pasárseme por la cabeza que el guardia civil en secreto está pensando “ésta debe de ser el contacto entre los narcos colombianos y Al Qaeda”, cuando en realidad está ante una alegre becaria que viene a hacer un máster.
Pero ésa no es la primera parte de la historia querida mía, la primera fue salir de Colombia donde la pesadilla comenzó en la fila del consulado para pedir el visado, porque como tú bien sabes los colombianos necesitamos visado hasta para ir a Venezuela que queda prácticamente cruzando la calle. Aunque debo decirte que los españoles son más afables que los gringos, porque al menos no te cobran ni por la llamada para pedir la cita ni por la cita en sí, quizá sea porque tienen un cancerbero detector de tránsfugas; así como te lo digo, en el consulado de España en Bogotá el que más poder tiene es el portero que ocasionalmente sale a mezclarse con los mortales y le suelta a algún feo mal vestido de la fila un:“Señor, ya se le ha dicho que no se le va a dar el visado, no insista”. Y yo ahí, muerta del susto, porque alrededor de sacar un visado en Colombia hay muchos mitos, por ejemplo, ir bien vestido, no muy maquillada en el caso femenino que eso da muy mala impresión, pero lo más importante, no hablar con nadie porque te están observando ¿y qué tal que crean que vienes con el feo al que le van a negar el visado? Yo por supuesto me cuidé de no preguntar la hora, no quejarme del frío a las seis de la mañana y mucho menos de conversar sobre nimiedades, y tú que me conoces bien, sabes que soy bastante dada a hablarle hasta a las piedras.
Ya cuando me dieron el visado, salir del país fue toda una aventura, sobre todo porque pasé por alto el undécimo mandamiento: “No decirle a nadie que te vas”. Y por supuesto me empezaron a llover encargos. En casa se aparecieron personas que nunca había visto con todo tipo de regalos para parientes en Málaga, Coruña, y pueblos que ni siquiera tienen código postal. A mí me dio vergüenza negarme, así que acabé con tres maletas y la consabida paranoia porque ¿qué tal que el encargo llevara algo de más? ¿Qué tal que entre tanto dulce de leche hubiera cien gramos de quién sabe qué? Cuando mi hermana y mi cuñado se enteraron se pusieron histéricos, sobre todo porque una de las encomiendas la encontraron altamente sospechosa, eran fotos de flores para el amigo de un amigo de un amigo y cuando el hombre me las entregó a mi cuñado le entró la cosa y no dejaba de repetir que yo estaba loca porque las drogas a través de un proceso químico las ponían en las fotos. Y yo obviamente, me pasé los cinco controles del aeropuerto con las fotos en la mano enseñándolas a cuanto policía encontré por el camino, por si acaso.
Sin embargo lo peor no fue eso, lo peor fue que yo viajaba por una aerolínea norteamericana que hacía escala en Nueva York. Naturalmente había que llevar la maleta envuelta en plástico para evitar contratiempos desagradables, pero como el tercer mundo es como Dios lo hizo, mientras hacía la fila para envolver la maleta se fue la luz en el aeropuerto y todo el mundo entró en pánico, los gringos de la aerolínea dijeron que ni maletas forradas ni nada y que todo el mundo a facturar, entonces más miedo, porque recientemente a un ingeniero colombiano en Méjico le habían cambiado la maleta por una llena de heroína y había estado preso cinco meses en una cárcel de Tijuana. Mi hermana entonces se alió con todas las madres de unos caleños que se iban de Erasmus y empezaron a ordenar que todos nos tomáramos una foto con la maleta, porque “la foto con la maleta fue la prueba reina que salvó al ingeniero de la cárcel” gritaba mi hermana con tono de Policarpa Salavarrieta ante el pelotón de fusilamiento, pero las maletas ya habían sido facturadas y los de la aerolínea no las dejaban pasar de nuevo para la foto y se montó un lío de la madona porque mi hermana gritaba que aquello era un complot urdido entre American Airlines y el gobierno norteamericano, las madres se alebrestaron gritando que pobres sus hijos presos en cárceles de Estados Unidos, los gringos trajeron a la policía, las madres agarraron a los policías a carterazos y los avergonzados estudiantes aprovechamos para huir más asustados por la furia de las madres que por las consecuencias de las maletas sin forrar.
Y ahí estábamos, en el primer control de policía donde te comienzan a preguntar cosas como: “¿Cuánto dinero lleva? ¿De dónde lo obtuvo?”. Y si tienes zapatos o botas de plataforma y además están nuevas serán tu perdición porque primero los pesan y si les parece que pesan más de la cuenta los pinchan, los rajan, los asesinan y yo, a punto de llorar porque las botas eran Prada y yo estuve ahorrando durante dos años para comprármelas por ebay así ya estuvieran pasadísimas dos temporadas. Pero no te confundas, los hombres que van demasiado bien vestidos y sobre todo aquellos que llevan un anillo o una cadena de oro lo tienen más complicado porque de repente se ven ante un educadísimo policía que les pregunta “¿Me permitiría usted hacerle una radiografía?”, tal y como si te preguntaran”¿Me permitiría usted hacerle una foto?” Y el hombre qué va a hacer, o lo permite o lo permite. Ya en el avión tuve que olvidarme de la dieta, nada de contar calorías ni porcentajes de proteína o de hidratos de carbono. No señorita, dentro del avión toca comer de todo porque el que no come es inmediatamente reconocido como sospechoso pues puede llevar algo en el estómago. Te juro que identificarás al que viaja por primera vez porque aparte de estar muerto del susto se come lo suyo, las sobras del de al lado, pide más y lleva patatas con coca cola. Ése es el que suele dejar el baño todo perdido porque después de la sesión pantagruélica a la que se ha sometido, en la primera turbulencia va y vomita hasta el desayuno de la primera comunión. Finalmente, después de diez horas de vuelo, dos pésimas películas y el cuerpo agarrotado como consecuencia de la silla de la clase turista, el avión aterrizó, llegué a Barajas, pasé el susto del control de la policía, recogí la maleta y de repente estoy en la calle, perdón, ¿eso es todo? ¿Nadie me va a revisar la maleta? Porque después de tanto sufrimiento yo no sólo sentía la necesidad que me revisaran la maleta, tenía además ganas de exigir radiografías, interrogatorios y meticulosos exámenes de los orificios de mi cuerpo. Pero no pasó nada. Ahí estaban esperándome y no ocurrió nada más extraordinario que tomar un taxi rumbo a la que sería mi casa temporalmente.
Al día siguiente di inicio a lo que llamo “el proceso de adaptación a la vida madrileña” que comienza por el idioma, porque los “sudacas” –como nos llaman aquí no exactamente de forma cariñosa- y los españoles, parece que sí, pero no hablamos el mismo idioma. Por ejemplo Diana, una cosa tan simple como ir a un bar y preguntar dónde queda el baño, pero es que allí no hay baño, y uno reventándose hasta que descubre por azar las palabras “servicio” y “aseo”. El “carro” se llama “coche” el “sidi” se llama “cedé”, “video” se dice “vídeo”, “dividí” se dice “deuvedé”, y el “computador” se llama “ordenador”. Además aquí se dan dos besos, no uno, y mientras te adaptas al nuevo lenguaje corporal vas dejando al besador con la cara en el aire y pasas por mal educada.
Después de dos semanas de aprendizaje al mejor estilo de “My Fair Lady”, decidí comenzar a buscar piso, y no te vayas a creer que es tarea fácil, para eso uno necesita de un amigo español porque con el acentazo colombiano no hay quien le alquile a uno nada por la vieja y conocida costumbre sudamericana de alquilar un apartamento donde caben dos y meterse diez a vivir. Así que Paco, un compañero del máster me arregló las citas, y yo listado en mano comencé mi peregrinar para ver el “piso amueblado para entrar a vivir”, y con esa ilusión de casita nueva llego a lo que elegantemente he optado por llamar el cuchitril contemporáneo de donde hay que salir para pensar y tienes que leer el periódico siempre doblado porque como lo abras se te cae la lámpara que compraron donde los chinos. Seguí peregrinando y me encontré con el “apartamento reformado” que, te aseguro que era la habitación del abuelo y no se sabe cómo le sacaron una puerta al pasillo. Yo no veía la cocina por ninguna parte y cuando pregunté, ¡ahí estaba!, una puerta que parecía pintada a mano por mi sobrino y que cuando la abrieron me hizo evocar las maravillas del minimalismo: un fogón diminuto, una estantería y una lavadora vertical, que dicho sea de paso yo nunca había visto en mi vida y que me dejó obnubilada, en ella cabían, una camiseta, dos bragas, y un sujetador. ¡Era la casa de la “Barbie Pobre”!
Continué ya más por curiosidad que por necesidad y visité algo que en nuestro país no existe: el “bajo bien iluminado”, una suerte de ataúd con dos bombillas, perfecto para maníacos depresivos, porque nunca verán la luz del sol y se suicidarán más pronto de lo que pensaban. Éste seguro que venía con póliza funeraria incluida pero me abstuve de preguntar.
Ya acostumbrada visualmente al hecho de que en Madrid cualquier hueco con tres bombillas es dignamente llamado piso y pasada la sorpresa inicial por el monto de los alquileres, me decidí resignada a continuar mi peregrinar de persona terca que insiste en vivir en una zona céntrica y cuando recibí la noticia de un piso en el barrio de Salamanca por 550 euros me entró la desconfianza, no obstante saqué dinero del banco por si acaso se tratase de una oportunidad. Y efectivamente lo fue, aunque al llegar lo primero que me golpeó fue un cierto olor a cadáver dentro del armario logrado con esfuerzo por el habitante anterior, seguido por la suciedad de las paredes digna de una fotografía forense y las dos alfombrillas fétidas del baño pegadas con premeditación y alevosía, de las que en ese momento ignoraba el esfuerzo que me iba a costar arrancarlas. Pero visto lo visto el sitio tenía posibilidades y en mi mente de “Bricomanía” no pude evitar imaginarlo pintado, amueblado y listo para estrenar. Le entregué al dueño la señal y lamenté la cara de pena de la chica que se había quedado afuera esperando porque me había cedido el turno, aunque la culpa por haberle arrebatado su tesoro se me esfumó después de tres días de limpieza exhaustiva de los cuarenta metros cuadrados que amenazaba con no terminar nunca, de no ser por la ayuda providencial de dos amigas que se sumaron a mi cruzada por la búsqueda del cadáver que aromatizaba mi futuro hogar.
Pues ya estaba lista, conseguí piso en Salamanca y toda clase de bichos que iban desde una yonqui hasta la típica ancianita cotilla de pasillo. Lo de la yonqui ya es un clásico, extremadamente flaca de un metro sesenta y cinco, con los ojos muy azules y sumamente maquillados, sube y baja por el ascensor más veces al día que si trabajara pinchando los botones y de vez en cuando le dice a algún vecino lo fuerte y lo bueno que está para rematar con un: “Ya no sé cuándo fue mi último polvo”. Al que le toque el halago lo hace salir despavorido porque la pobre da grima, aunque después de verla sentada tres noches seguidas en el portal en compañía de una cervecita solitaria no se puede evitar sentir lástima por ella. Le sigue en orden de importancia un ser al que he llamado cariñosamente “El hombre que eructa” porque nunca le he visto el rostro ni sé de dónde provienen los sonidos, pero lo indiscutible es que sus eructos estentóreos son tan poderosos que en cierta ocasión los obreros que hacían una reforma en la cocina del 5A apagaron el taladro para exclamar: “¡Tío, córtate un poco!”. “El hombre que eructa” hace lo suyo unas siete veces al día y si no se toma unas pastillas de Flatoril es porque no quiere o porque sencillamente le encanta hacer las veces de banda sonora del edificio. Luego está “La gorgoritos”, soprano coloratura bautizada así por mi vecina María Antonia, a quien le encanta la ópera como a mí pero quien al igual que yo no tolera ser despertada por Lucia di Lamermoor a las ocho de la madrugada de un domingo, sobre todo cuando hemos sido torturadas por la dominicana del tercero hasta más allá de la media noche, hora en que a la criatura se le da por hablar por teléfono con todos sus amigos de Santo Domingo y con la clarísima intención de que se entere todo el edificio, porque sea invierno o verano ella habla sacando su cabezota por la ventana. A santo de qué, no sé, quizá se trate de una cura para las arrugas. Si me la encuentro en el pasillo le preguntaré y te lo haré saber. Pero la cosa no termina ahí mi querida amiga, termina cuando Celia, chica gallega que trabaja como teleoperadora en horarios disparatados, sale como una loca y trata a la dominicana de tercermundista y hortera para posteriormente amenazarla con la policía. Celia es mi heroína, la histérica que yo quisiera ser sobre todo en momentos cuando “Los estilistas DJ” de la peluquería del bajo ponen música electrónica a todo timbal o cuando las nenotas del segundo encienden el karaoke un lunes a las 11:30 pm. Y estamos en el barrio de Salamanca, lo cual me hace preguntarme en numerosas ocasiones, si así es Salamanca ¿cómo será la vida en Lavapiés o en la Latina? No descarto que se trate de este edificio en particular y que el conjunto de personajes peculiares se deba a su condición cósmica. Pero si ya el edificio es especial y conseguir el piso fue una guerra contra el tiempo, lo mejor de la vida en Madrid es la insólita experiencia de hacer la compra en el supermercado “Día” del cual soy una fiel cliente a pesar de la mala hostia de sus dependientas, mujeres que nunca sonríen y que parecen ser seleccionadas por su habilidad para matar a un perro de un regaño, gritar a los clientes y no saber dónde están los productos que uno necesita cuando pregunta por ellos. Lo del “Día” es que tiene mucho pecado porque hasta las dulcísimas dependientas sudamericanas se transforman una vez se ponen el uniforme rojo que parece venir con grito al cliente incluido, así que yo voy en silencio, no pregunto por nada, compro lo que haya, y siempre llevo suelto porque intentar pagar con un billete de cincuenta euros puede convertir tu vida en un infierno.
No obstante yo creo que para nosotros los “sudacas” lo más complejo del proceso de adaptación es ir al médico. ¡Ah la consulta médica!, lugar pleno de emociones para el paciente y no necesariamente relacionadas con los diagnósticos sino con el acelere. Ya sabes que como buena militante de las filas de hipocondríacos del planeta, siempre tengo mi médico de cabecera allá donde vaya, así que localicé el mío, llegué a la consulta, tomé mi número de turno y entré y salí pitando. Así tal cual como te lo estoy contando, ocurrió en una tarde en la que al llegar a las cinco en punto y tomar el turno diecisiete pensé que de allí saldría a las nueve de la noche, pero no, treinta minutos después estaba fuera porque el médico hablaba a toda velocidad y claro, si él habla así a ti te da la sensación de que tienes que hablar igual, de modo que vas y le cuentas a los trancazos lo que te duele, él no te toca, no te mira, no te ve la cara, se limita a rellenar una ficha y a arrojarte encima la orden de los exámenes de sangre y la radiografía. Yo, como dicen aquí, quedé flipando.
De manera, querida Diana, que pasadas las primeras sorpresas hay que adaptarse si se quiere hacer parte de la ciudad, y la primera lección en el proceso de adaptación es respetar la silla de los ancianos y los discapacitados en el metro y en el autobús, pero sobre todo, lo más importante en el proceso para el caso de los hombres sudamericanos, es no sucumbir a su vena caballerosa y cederle el asiento a una mujer en el transporte público porque cuando lo haga sabrá lo que es el desprecio y conocerá la cara de una mujer indignada, pues no sé por qué extraña razón a las mujeres mayores de Madrid les ofende que un hombre les ofrezca el asiento, quizá porque les hace sentir viejas o quizá porque les hace sentir débiles, pero tengan la edad que tengan, estén embarazadas o con las piernas a punto de reventar, siempre dicen que no. Lo cual me lleva a pensar en cierta amiga mía que se quejaba de que en esta ciudad no ligaba nada y de repente una noche en que estoy con ella en una discoteca se le acerca un hombre simpático en plan “estudias o trabajas” y ella sin medirse y como víctima de un reflejo le suelta en un tono poco amable: “Apártate tío que si no lo haces te doy una hostia”.
En fin, más allá de los personajes agresivos que siempre tienen prisa, hay otros que se lo toman con mucha calma, los ancianitos que pasan sus tardes embebidos mirando las obras. La primera vez que los vi pensé, “Bueno, ¿cuál será la razón antropológica de este hecho sin precedentes?” y deduje que esas personas mayores de jóvenes seguramente habían construido sus casas y sabían mucho del tema, hasta que en todas las obras siempre veía a alguno gritando: “¡Jo, que la paré no está recta!” y concluí que ver obrar es el pasatiempo geriátrico nacional.
Como habrás notado a estas alturas de mi carta, me he dado a la tarea de observar, tomar atenta nota y aprender. Y de todo lo que he aprendido aquí lo que más me ha gustado es lo del café porque la primera vez que llegué a un bar a las nueve de la mañana muy en ayunas e ingenuamente pedí un tinto, el camarero me miró con cara de “Esta tía tiene mucho vicio” y a mí se me quedó la cara de piedra cuando efectivamente vi ante mí un tinto, que no era el café americano que me tomaba todas las mañanas. Y ya que más daba, no iba a entrar en detalles etnolingüísticos, me zampé el vino tinto y me fui a mi clase de diez dándome bandazos contra las paredes. Luego con el tiempo fui aprendiendo las sutilezas de pedir café en este país: café solo, café cortado, café americano, manchado, corto de café, largo de café, café bombón, solo con hielo y lo mejor, en vaso o en taza, o lo que sigue, con la leche caliente o templada, desnatada o entera, descafeinado de sobre o de máquina.
Sin embargo y pese a los mil programas de telebasura en los que investigan la vida amorosa de los famosillos hasta la vergüenza, pese a los nuevos códigos de comportamiento que hay que aprender y pese a la agresividad de sus habitantes, Madrid tiene cosas maravillosas más allá de sus museos y de su aspecto monumental, pequeñas sorpresas que uno encuentra a su paso y que jamás verá en su ciudad como un mendigo que solía pedir dinero en Gran Vía con un cartel que decía “Soy un actor de cine alemán y quiero ir a Suecia” o un pequeño aviso que había en una tienda de discos y que aclaraba a la clientela “Todas las películas de Emir Kusturica agotadas”. Eso yo nunca lo veré en Colombia y por si acaso me llego a sentir triste y deprimida víctima de la trampa de la nostalgia, me divierto yendo al bar y pidiendo un café con leche corto de café, con la leche desnatada, mitad templada y mitad caliente, en taza y con sacarina. Y si la camarera me suelta un sarcástico “Perdona bonita”, yo me siento muy halagada porque cada vez que alguien me lo dice en el tono en que me lo diga a mí me sube la autoestima.
Dale recuerdos a todos de mi parte, dile a las chicas que aquí por treinta euros puedes tener un Louis Vuiton o un Carolina Herrera que en nada se diferencia del original excepto en el precio, que hay unas librerías paradisíacas y la cartelera es tan amplia que parece un festival de cine permanente.
Nos vemos el próximo verano, espero tu visita con ilusión, me muero de ganas por ver tu cara cuando recibas los primeros aromas del metro en verano.
Un fuerte abrazo
Catherine

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lunes, julio 14, 2008

Oportunismo literario

Pese a haber cursado una carrera de Estudios Literarios y ser fanática de escribir infumables y soporíferos ensayos, muchos de los cuales no se han publicado quizá por ser demasiado "ladrilludos" y aburridos, en este blog nunca he abusado de la confianza de mis lectores tanto como para someterlos al espantoso tormento de colarles por la derecha alguno de mis trabajillos aprovechándome de que me visitan con la ilusión de pasar un rato agradable y de reírse unos minutos. Sin embargo he estado tentada de hacerlo, pues bien pensado, ya que tengo unos lectores asiduos, podría de vez en cuando meterles el gol y hacerles leer una que otra cosa aburrida. Pero no, mi nobleza me lo impide. Tanto que he decidido hoy dedicar este "post" no al estudio de una obra literaria sino a algo que he llamado el "literato de ocasión" y que se merece en sí mismo un ensayo antropológico - social que lo eleve a la categoría de miembro de una
tribu urbana a la que llamaremos la de los "oportunistas literarios" o en inglés y para hacer más global la cosa "literature fashion victims".
Podemos además dividirlos en categorías: poetas, novelistas, ensayistas y profesores de literatura. Aquí también podría encajar algún que otro periodista con ínfulas de escritor o de cronista.
Los poetas usualmente suelen ser de medio pelo (antes yo encajaba en esta categoría pero desde que decidí dignamente retirarme de las filas de los que "cometen poesía" por mala poeta, ya no cuento) pero con ínfulas de diva. El divismo es igualmente aplicable a hombres y mujeres, que van de dioses creyéndose sumamente importantes en el panorama literario global, así ni un solo editor relevante haya publicado sus libros. A la cuestión divina hay que sumarle por supuesto la cosa "erótico-festiva", porque el divo o diva del momento se siente además objeto de deseo. Todos quieren meterse entre sus sábanas. Aclaración: lo erótico festivo puede ser imaginario o real de acuerdo con la patología psiquiátrica del poeta.
Los novelistas suelen ser más discretos en lo que se refiere a su condición divina, reservada a los poetas dado que su oficio es más elevado por "recrear los sentimientos con la palabra" y de suyo más cercano a un dios, mientras que el novelista es un ser banal, narrador de historias que pueden o no ser atractivas al lector, aburrido en ocasiones, tener problemas estructurales o simplemente ser un pésimo escritor que contó con la suerte de ganar un concurso arreglado previamente o con un negro que rápidamente escribió sus textos por encargo.
Lo de los negros todo el mundo lo sabe, se comenta en páginas web de editores o de los mismos negros que han decidido echar al agua a cuanto presentador de televisión, actriz porno, protagonista de reality show o cualquiera perteneciente a la fauna del glorioso mundo de las editoriales multinacionales, conscientes de que muchos lectores sucumbirán a la tentación de los talentosos neo-narradores.
Los ensayistas no tienen presa mala, y sí más pecado que los dos anteriores porque su condición misma de ensayistas literarios les permite hablar de lo divino y lo humano, y así no sean expertos en el tema que les ocupe en el momento, la bula se da por descontada, como en el caso de los profesores de literatura o de los periodistas, más cercanos a lo actual en el panorama literario, con su propia perspectiva cada uno pero con un halo de seriedad implícita que les da su profesión. El que mira el toro desde la barrera y no se atreve a pillarlo por los cuernos, el que hace el trabajo sucio que alguien tiene que hacer y que en algún momento decidió que trabajo sucio es cualquier cosa, desde hablar de Rimbaud, pasando por Fernando Vallejo, pero tonteando con Virginia Woolf no sin antes escribir un tratado sobre el Marqués de Sade (a esta categoría pertenecí yo algunos años hasta que me planté en el siglo XII y de allí ya no salgo, pero acúsome padre porque he pecado, no me avergüenzo de ello, ahora tengo material para escribir este post).
Muy bien, una vez hechas las descripciones de los elementos y habiéndome confesado culpable, ahondaré sin más en la naturaleza del oportunismo literario y la ilustraré con el ejemplo de una situación que viví cuando era bibliotecaria.
Cierto personaje caribeño con prestigio en el panorama literario local (aunque insista en su importancia paneuropea en el mundo de las letras porque ha leído sus poemas en cuanto encuentro literario se ha hecho invitar a punta de lobby, gestión de sí mismo y cibernauta insistencia gracias al poder de la red) se presenta en mi oficina de la dirección a ofrecerse para dictar una conferencia sobre Tolkien, escritor que en ese momento se había puesto de moda gracias a la reciente fiebre de "El Señor de los Anillos". Ése fue mi primer contacto con el oportunismo literario. Me quedé de piedra porque había que tenerlos bien puestos para que alguien que ni siquiera hablaba inglés y que de Tolkien se habría zampado cuatro o cinco artículos bajados de Internet, que no tenía la más mínima idea de las mitologías del norte de Europa, y que no era lingüista, soltara con aquella frescura semejante oferta, ¿qué iba a ser aquello? ¿una transcripción de la Wikipedia con citas de "El Hobbit"?
Aunque la indignación me cegó, me contuve, no dije ni sí ni no, pero con el tiempo me he arrepentido de no haber aceptado la oferta. Me perdí una gran oportunidad de desternillarme de risa y luego escribir un artículo más venenoso que éste.
Por mi oficina de bibliotecaria en aquel entonces pasaron muchos "oportunistas literarios" o "literature fashion victims", como queramos llamarles, haciendo ofertas irresistibles sobre el premio Nobel del año, el poeta cuyo aniversario se celebraba o sencillamente el escritor de moda entre las señoras bien. Confieso que en un momento dado sentí envidia no sólo por la capacidad creadora de aquellos personajes sino por su velocidad para escribir un ensayo o conferencia sobre un tema coyuntural. Desde luego algunas personas van por el mundo creyendo que pueden hablar de cualquier tema, pero claro, éstas están seguras de su omnisapiencia porque no falta el que los invita a paneles, debates o mesas redondas para hincarle el diente a lo que se le venga a la cabeza en el momento. Así las cosas, en encuentros de escritores o ferias del libro, uno se tropieza con las mismas personas hablando un año de la obra de Eduardo Mendoza, al año siguiente de novelas de caballería, al siguiente de literatura gótica y al siguiente de Catulo. No hay fronteras, el cielo es el límite.
Lo anterior me lleva naturalmente a preguntarme ¿es que la condición de escritor le imprime al mismo tiempo al individuo la condición de experto en cualquier tema literario? ¿es acaso la condición de escritor un pase VIP para ir ofreciendo sus servicios de conferencista sobre cualquier asunto en el mundo de las letras? Eso sin contar con los que hablan con propiedad sobre política, música, artes plásticas, teatro o cine.
Entiendo que toda actividad que está sujeta a la opinión del público sea inevitablemente despellejada por cualquiera, pero esto, que antes me molestaba en las personas comunes y corrientes que son simplemente espectadores, llegué a entenderlo con el tiempo. Un espectador paga por ver un espectáculo o leer una obra literaria, y en la dinámica coste - beneficio, el espectador tiene derecho a despotricar o a alabar, a fin de cuentas ha pagado por ello. No obstante ir de experto en cuanta disciplina, artista, escritor, payaso o saltimbanqui esté de moda, dando charlas con pretensiones semiológico - existenciales y sobre todo cobrando por ello, va más allá de mi tolerancia. Sí, tener "cultura de mosaico" es inevitable en este siglo; sí, yo también he pecado; sí, ahora tengo este blog en el que desfogo mis frustraciones, hago confesiones y critico hasta el gato del vecino. Sí, me ha llegado el momento de desquitarme de todos aquellos que me han torturado con sus interminables conferencias, artículos y ensayos copiados de Internet, pegados en un archivo de Word y posteriormente leídos con circunspección en encuentros literarios o publicados en revistas aparentemente especializadas.
Me quedo con aquellos divos y divas que prefieren hablar sobre sí mismos, darse bombo y dejar en evidencia su egocentrismo. Al menos su actitud pone de manifiesto la honestidad de alguien que se prefiere antes que a los demás. Así sólo hace el ridículo como un narcisista y no como un sabelotodo experto en nada.
He llegado a una edad en la que ya no aguanto a los oportunistas literarios y en la que las conversaciones sobre la obra de tal o cual fulano de moda en mí han quedado reducidas a un "me gusta" o "no me gusta". Prefiero, como decía Marino Troncoso, mi profesor de Introducción a la Literatura, pensar la obra de la cintura para abajo. Al fin y al cabo la primera lectura, el intuitivo y visceral acercamiento al texto o a la obra de arte, es el que te da el golpe de gracia. Lo demás son rollos teóricos válidos para aquellos que cobran por palabra.

miércoles, junio 25, 2008

YO ENVIDIO

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, la envidia se define como: "Tristeza o pesar del bien ajeno. Emulación, deseo de algo que no se posee". Y ahora me pregunto yo ¿eso que tiene de malo? ¿es realmente un pecado la envidia? ¿cuál es la razón de que sea mal visto envidiar o desear cosas? Según los budistas dado que la causa del sufrimiento es el deseo, hay que suprimir el deseo. Precepto que evidentemente no se ajusta a aquellos que fuimos educados en la tradición judeo-cristiana gracias a la cual introyectamos el concepto de que a este mundo se viene a sufrir, porque la vida es sufrimiento. Por ese sufrimiento en esta vida tendremos nuestra compensación en la próxima; mientras tanto en ésta sufrimos a causa del deseo y como consecuencia envidiamos.
Resulta curiosa la dinámica entre el sufrimiento y la envidia porque se manifiesta en dos vías que en realidad son la misma cosa. Sufro porque deseo y no tengo, deseo porque sufro: esta última parte la conocemos muy bien las mujeres cuando víctimas del sufrimiento ocasionado por una decepción amorosa nos vamos de compras y nos llevamos con nosotras hasta lo que no deseamos. Me parece que llegado este punto ya me estoy haciendo un lío, que tiene su origen como ya dije en mi formación judeo - cristiana basada en la culpa y el dolor. En fin, yo aprendí que la envidia es un sentimiento malo, de lo peor, pero del cual me cuesta abstraerme porque soy una envidiosa confesa.
Pues bien, aquí voy: lo primero que no poseo y que me produce tristeza o pesar son 25 días hábiles de vacaciones. Tengo que apañarme como puedo con los que tengo y ver cómo se me quedan los dientes largos con los que desaparecen de la oficina durante cinco semanas del año.
Yo no es que envidie cosas materiales, no, yo estoy más allá y eso no sé si está bien o mal porque ni el pastor de la iglesia evangélica a la que iba con mi madre ni las monjas del colegio se dieron a la gentil tarea de hacer las aclaraciones pertinentes. Yo envidio el tiempo libre, las tardes al sol que se toman mis amigos caribeños en la playa mientras yo me resigno al Parque del Retiro.
Envidio los domingos bajo un parasol mirando el mar y envidio tener la opción de no querer mirarlo porque siempre va a estar allí. Envidio a las personas capaces de mantenerse en silencio porque yo tengo una boca muy grande. Envidio a los que no hacen caso a lo que se hable de ellos, no porque no les afecte sino simplemente porque sus intereses no les dejan tiempo libre para ocuparse de semejantes nimiedades. Envidio a los que viven cada día como si fuera el último y cualquier cosa les causa alegría. Envidio a los que todavía se sorprenden con los regalos sencillos y los aprecian sinceramente. Envidio a los que hablan más de cinco idiomas y pueden leer a sus escritores favoritos en su lengua materna. Envidio a mis amigos que se dedican al cine porque a mí me faltaron huevos para cambiarme de carrera. Envidio a los que van por el mundo a su aire y dan por sentado que todo está bien. Envidio a los que no sienten culpa por no reciclar, a los que nunca tienen hambre y a las personas a las que no les gusta el helado, ésos son quienes más envidio. Envidio también a los libreros que tienen la habilidad para recomendar la lectura acertada en el momento justo y a los que sacuden los códices en el Vaticano. Envidio a los monjes que ilustraban libros hace casi mil años, envidio las habilidades de William de Baskerville y su capacidad de argumentación. Envidio los vestidos de Maria Antonieta, el talento de Emilie Bronte, la vida de traficante de armas que tuvo Rimbaud en Abisinia y la capacidad de Jane Bowles para vivir del cuento y conseguir atravesar medio mundo gratis cada vez que se le pegaba la gana. Envidio a los caballeros britanos que se batieron contra los sajones. Envidio a las damas que estuvieron presentes en las cortes de amor de Leonor de Aquitania y a Leonor de Aquitania por haber nacido. Envidio a Eloisa no por haber sido amante sino alumna de Pedro Abelardo. Envidio a los que saben nadar y a los que han muerto dulcemente ahogados, a los astronautas que viajan a la luna y a todos los personajes de Strar Trek que se han teletransportado. Envidio a los gatos gordos que viven en San Giminiano que no son conscientes del lugar en el que viven, no me explico cómo no se despiertan todas las mañanas a gritar: "¡Dios, vivo en San Giminiano!" porque yo sin lugar a dudas, lo haría (digo yo que aún siendo gato haría un esfuerzo por aprender a hablar sólo para poder gritarlo). Envidio a los fotógrafos que captan la esencia de las cosas con sus cámaras, a los músicos que crean el mundo cuando componen una sonata, a los dioses del Olimpo porque hacen con los humanos lo que se les pega la gana, a la bruja de Blanca Nieves por guapa y a Lara Croft por guapa, inteligente y atlética. Sí. YO ENVIDIO. ¡Y QUÉ!
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