Querida Diana: No te alcanzas a imaginar este periplo. Si me pidieras que lo definiera en una sola palabra ésa definitivamente sería “inenarrable” dado el cúmulo de experiencias vividas en tan corto tiempo y mi incapacidad para decirlo todo en una sola carta, sin embargo intentaré contarte los hechos más relevantes para que te hagas una idea así sea vaga de lo que me ha sucedido últimamente en este país que comenzó cuando el agente de aduanas leyó mi nombre en el pasaporte, Catherine Eljaieck, al que tú estás acostumbrada y que te parece de lo más normal, pero querida, ir por el mundo con un apellido árabe y un pasaporte colombiano puede resultar cosa complicada, porque claro, te miran, te vuelven a mirar y luego te preguntan: “ ¿Y este apellido de dónde es?”. Y yo contesto -con vocecita de niña de cuatro años- :“Sirio”, mientras me trago la saliva, cuando en realidad por dentro estoy gritando: “Señor, se lo juro, yo no soy ni terrorista ni narcotraficante”, pero ya sabes cómo soy, no deja de pasárseme por la cabeza que el guardia civil en secreto está pensando “ésta debe de ser el contacto entre los narcos colombianos y Al Qaeda”, cuando en realidad está ante una alegre becaria que viene a hacer un máster.
Pero ésa no es la primera parte de la historia querida mía, la primera fue salir de Colombia donde la pesadilla comenzó en la fila del consulado para pedir el visado, porque como tú bien sabes los colombianos necesitamos visado hasta para ir a Venezuela que queda prácticamente cruzando la calle. Aunque debo decirte que los españoles son más afables que los gringos, porque al menos no te cobran ni por la llamada para pedir la cita ni por la cita en sí, quizá sea porque tienen un cancerbero detector de tránsfugas; así como te lo digo, en el consulado de España en Bogotá el que más poder tiene es el portero que ocasionalmente sale a mezclarse con los mortales y le suelta a algún feo mal vestido de la fila un:“Señor, ya se le ha dicho que no se le va a dar el visado, no insista”. Y yo ahí, muerta del susto, porque alrededor de sacar un visado en Colombia hay muchos mitos, por ejemplo, ir bien vestido, no muy maquillada en el caso femenino que eso da muy mala impresión, pero lo más importante, no hablar con nadie porque te están observando ¿y qué tal que crean que vienes con el feo al que le van a negar el visado? Yo por supuesto me cuidé de no preguntar la hora, no quejarme del frío a las seis de la mañana y mucho menos de conversar sobre nimiedades, y tú que me conoces bien, sabes que soy bastante dada a hablarle hasta a las piedras.
Ya cuando me dieron el visado, salir del país fue toda una aventura, sobre todo porque pasé por alto el undécimo mandamiento: “No decirle a nadie que te vas”. Y por supuesto me empezaron a llover encargos. En casa se aparecieron personas que nunca había visto con todo tipo de regalos para parientes en Málaga, Coruña, y pueblos que ni siquiera tienen código postal. A mí me dio vergüenza negarme, así que acabé con tres maletas y la consabida paranoia porque ¿qué tal que el encargo llevara algo de más? ¿Qué tal que entre tanto dulce de leche hubiera cien gramos de quién sabe qué? Cuando mi hermana y mi cuñado se enteraron se pusieron histéricos, sobre todo porque una de las encomiendas la encontraron altamente sospechosa, eran fotos de flores para el amigo de un amigo de un amigo y cuando el hombre me las entregó a mi cuñado le entró la cosa y no dejaba de repetir que yo estaba loca porque las drogas a través de un proceso químico las ponían en las fotos. Y yo obviamente, me pasé los cinco controles del aeropuerto con las fotos en la mano enseñándolas a cuanto policía encontré por el camino, por si acaso.
Sin embargo lo peor no fue eso, lo peor fue que yo viajaba por una aerolínea norteamericana que hacía escala en Nueva York. Naturalmente había que llevar la maleta envuelta en plástico para evitar contratiempos desagradables, pero como el tercer mundo es como Dios lo hizo, mientras hacía la fila para envolver la maleta se fue la luz en el aeropuerto y todo el mundo entró en pánico, los gringos de la aerolínea dijeron que ni maletas forradas ni nada y que todo el mundo a facturar, entonces más miedo, porque recientemente a un ingeniero colombiano en Méjico le habían cambiado la maleta por una llena de heroína y había estado preso cinco meses en una cárcel de Tijuana. Mi hermana entonces se alió con todas las madres de unos caleños que se iban de Erasmus y empezaron a ordenar que todos nos tomáramos una foto con la maleta, porque “la foto con la maleta fue la prueba reina que salvó al ingeniero de la cárcel” gritaba mi hermana con tono de Policarpa Salavarrieta ante el pelotón de fusilamiento, pero las maletas ya habían sido facturadas y los de la aerolínea no las dejaban pasar de nuevo para la foto y se montó un lío de la madona porque mi hermana gritaba que aquello era un complot urdido entre American Airlines y el gobierno norteamericano, las madres se alebrestaron gritando que pobres sus hijos presos en cárceles de Estados Unidos, los gringos trajeron a la policía, las madres agarraron a los policías a carterazos y los avergonzados estudiantes aprovechamos para huir más asustados por la furia de las madres que por las consecuencias de las maletas sin forrar.
Y ahí estábamos, en el primer control de policía donde te comienzan a preguntar cosas como: “¿Cuánto dinero lleva? ¿De dónde lo obtuvo?”. Y si tienes zapatos o botas de plataforma y además están nuevas serán tu perdición porque primero los pesan y si les parece que pesan más de la cuenta los pinchan, los rajan, los asesinan y yo, a punto de llorar porque las botas eran Prada y yo estuve ahorrando durante dos años para comprármelas por ebay así ya estuvieran pasadísimas dos temporadas. Pero no te confundas, los hombres que van demasiado bien vestidos y sobre todo aquellos que llevan un anillo o una cadena de oro lo tienen más complicado porque de repente se ven ante un educadísimo policía que les pregunta “¿Me permitiría usted hacerle una radiografía?”, tal y como si te preguntaran”¿Me permitiría usted hacerle una foto?” Y el hombre qué va a hacer, o lo permite o lo permite. Ya en el avión tuve que olvidarme de la dieta, nada de contar calorías ni porcentajes de proteína o de hidratos de carbono. No señorita, dentro del avión toca comer de todo porque el que no come es inmediatamente reconocido como sospechoso pues puede llevar algo en el estómago. Te juro que identificarás al que viaja por primera vez porque aparte de estar muerto del susto se come lo suyo, las sobras del de al lado, pide más y lleva patatas con coca cola. Ése es el que suele dejar el baño todo perdido porque después de la sesión pantagruélica a la que se ha sometido, en la primera turbulencia va y vomita hasta el desayuno de la primera comunión. Finalmente, después de diez horas de vuelo, dos pésimas películas y el cuerpo agarrotado como consecuencia de la silla de la clase turista, el avión aterrizó, llegué a Barajas, pasé el susto del control de la policía, recogí la maleta y de repente estoy en la calle, perdón, ¿eso es todo? ¿Nadie me va a revisar la maleta? Porque después de tanto sufrimiento yo no sólo sentía la necesidad que me revisaran la maleta, tenía además ganas de exigir radiografías, interrogatorios y meticulosos exámenes de los orificios de mi cuerpo. Pero no pasó nada. Ahí estaban esperándome y no ocurrió nada más extraordinario que tomar un taxi rumbo a la que sería mi casa temporalmente.
Al día siguiente di inicio a lo que llamo “el proceso de adaptación a la vida madrileña” que comienza por el idioma, porque los “sudacas” –como nos llaman aquí no exactamente de forma cariñosa- y los españoles, parece que sí, pero no hablamos el mismo idioma. Por ejemplo Diana, una cosa tan simple como ir a un bar y preguntar dónde queda el baño, pero es que allí no hay baño, y uno reventándose hasta que descubre por azar las palabras “servicio” y “aseo”. El “carro” se llama “coche” el “sidi” se llama “cedé”, “video” se dice “vídeo”, “dividí” se dice “deuvedé”, y el “computador” se llama “ordenador”. Además aquí se dan dos besos, no uno, y mientras te adaptas al nuevo lenguaje corporal vas dejando al besador con la cara en el aire y pasas por mal educada.
Después de dos semanas de aprendizaje al mejor estilo de “My Fair Lady”, decidí comenzar a buscar piso, y no te vayas a creer que es tarea fácil, para eso uno necesita de un amigo español porque con el acentazo colombiano no hay quien le alquile a uno nada por la vieja y conocida costumbre sudamericana de alquilar un apartamento donde caben dos y meterse diez a vivir. Así que Paco, un compañero del máster me arregló las citas, y yo listado en mano comencé mi peregrinar para ver el “piso amueblado para entrar a vivir”, y con esa ilusión de casita nueva llego a lo que elegantemente he optado por llamar el cuchitril contemporáneo de donde hay que salir para pensar y tienes que leer el periódico siempre doblado porque como lo abras se te cae la lámpara que compraron donde los chinos. Seguí peregrinando y me encontré con el “apartamento reformado” que, te aseguro que era la habitación del abuelo y no se sabe cómo le sacaron una puerta al pasillo. Yo no veía la cocina por ninguna parte y cuando pregunté, ¡ahí estaba!, una puerta que parecía pintada a mano por mi sobrino y que cuando la abrieron me hizo evocar las maravillas del minimalismo: un fogón diminuto, una estantería y una lavadora vertical, que dicho sea de paso yo nunca había visto en mi vida y que me dejó obnubilada, en ella cabían, una camiseta, dos bragas, y un sujetador. ¡Era la casa de la “Barbie Pobre”!
Continué ya más por curiosidad que por necesidad y visité algo que en nuestro país no existe: el “bajo bien iluminado”, una suerte de ataúd con dos bombillas, perfecto para maníacos depresivos, porque nunca verán la luz del sol y se suicidarán más pronto de lo que pensaban. Éste seguro que venía con póliza funeraria incluida pero me abstuve de preguntar.
Ya acostumbrada visualmente al hecho de que en Madrid cualquier hueco con tres bombillas es dignamente llamado piso y pasada la sorpresa inicial por el monto de los alquileres, me decidí resignada a continuar mi peregrinar de persona terca que insiste en vivir en una zona céntrica y cuando recibí la noticia de un piso en el barrio de Salamanca por 550 euros me entró la desconfianza, no obstante saqué dinero del banco por si acaso se tratase de una oportunidad. Y efectivamente lo fue, aunque al llegar lo primero que me golpeó fue un cierto olor a cadáver dentro del armario logrado con esfuerzo por el habitante anterior, seguido por la suciedad de las paredes digna de una fotografía forense y las dos alfombrillas fétidas del baño pegadas con premeditación y alevosía, de las que en ese momento ignoraba el esfuerzo que me iba a costar arrancarlas. Pero visto lo visto el sitio tenía posibilidades y en mi mente de “Bricomanía” no pude evitar imaginarlo pintado, amueblado y listo para estrenar. Le entregué al dueño la señal y lamenté la cara de pena de la chica que se había quedado afuera esperando porque me había cedido el turno, aunque la culpa por haberle arrebatado su tesoro se me esfumó después de tres días de limpieza exhaustiva de los cuarenta metros cuadrados que amenazaba con no terminar nunca, de no ser por la ayuda providencial de dos amigas que se sumaron a mi cruzada por la búsqueda del cadáver que aromatizaba mi futuro hogar.
Pues ya estaba lista, conseguí piso en Salamanca y toda clase de bichos que iban desde una yonqui hasta la típica ancianita cotilla de pasillo. Lo de la yonqui ya es un clásico, extremadamente flaca de un metro sesenta y cinco, con los ojos muy azules y sumamente maquillados, sube y baja por el ascensor más veces al día que si trabajara pinchando los botones y de vez en cuando le dice a algún vecino lo fuerte y lo bueno que está para rematar con un: “Ya no sé cuándo fue mi último polvo”. Al que le toque el halago lo hace salir despavorido porque la pobre da grima, aunque después de verla sentada tres noches seguidas en el portal en compañía de una cervecita solitaria no se puede evitar sentir lástima por ella. Le sigue en orden de importancia un ser al que he llamado cariñosamente “El hombre que eructa” porque nunca le he visto el rostro ni sé de dónde provienen los sonidos, pero lo indiscutible es que sus eructos estentóreos son tan poderosos que en cierta ocasión los obreros que hacían una reforma en la cocina del 5A apagaron el taladro para exclamar: “¡Tío, córtate un poco!”. “El hombre que eructa” hace lo suyo unas siete veces al día y si no se toma unas pastillas de Flatoril es porque no quiere o porque sencillamente le encanta hacer las veces de banda sonora del edificio. Luego está “La gorgoritos”, soprano coloratura bautizada así por mi vecina María Antonia, a quien le encanta la ópera como a mí pero quien al igual que yo no tolera ser despertada por Lucia di Lamermoor a las ocho de la madrugada de un domingo, sobre todo cuando hemos sido torturadas por la dominicana del tercero hasta más allá de la media noche, hora en que a la criatura se le da por hablar por teléfono con todos sus amigos de Santo Domingo y con la clarísima intención de que se entere todo el edificio, porque sea invierno o verano ella habla sacando su cabezota por la ventana. A santo de qué, no sé, quizá se trate de una cura para las arrugas. Si me la encuentro en el pasillo le preguntaré y te lo haré saber. Pero la cosa no termina ahí mi querida amiga, termina cuando Celia, chica gallega que trabaja como teleoperadora en horarios disparatados, sale como una loca y trata a la dominicana de tercermundista y hortera para posteriormente amenazarla con la policía. Celia es mi heroína, la histérica que yo quisiera ser sobre todo en momentos cuando “Los estilistas DJ” de la peluquería del bajo ponen música electrónica a todo timbal o cuando las nenotas del segundo encienden el karaoke un lunes a las 11:30 pm. Y estamos en el barrio de Salamanca, lo cual me hace preguntarme en numerosas ocasiones, si así es Salamanca ¿cómo será la vida en Lavapiés o en la Latina? No descarto que se trate de este edificio en particular y que el conjunto de personajes peculiares se deba a su condición cósmica. Pero si ya el edificio es especial y conseguir el piso fue una guerra contra el tiempo, lo mejor de la vida en Madrid es la insólita experiencia de hacer la compra en el supermercado “Día” del cual soy una fiel cliente a pesar de la mala hostia de sus dependientas, mujeres que nunca sonríen y que parecen ser seleccionadas por su habilidad para matar a un perro de un regaño, gritar a los clientes y no saber dónde están los productos que uno necesita cuando pregunta por ellos. Lo del “Día” es que tiene mucho pecado porque hasta las dulcísimas dependientas sudamericanas se transforman una vez se ponen el uniforme rojo que parece venir con grito al cliente incluido, así que yo voy en silencio, no pregunto por nada, compro lo que haya, y siempre llevo suelto porque intentar pagar con un billete de cincuenta euros puede convertir tu vida en un infierno.
No obstante yo creo que para nosotros los “sudacas” lo más complejo del proceso de adaptación es ir al médico. ¡Ah la consulta médica!, lugar pleno de emociones para el paciente y no necesariamente relacionadas con los diagnósticos sino con el acelere. Ya sabes que como buena militante de las filas de hipocondríacos del planeta, siempre tengo mi médico de cabecera allá donde vaya, así que localicé el mío, llegué a la consulta, tomé mi número de turno y entré y salí pitando. Así tal cual como te lo estoy contando, ocurrió en una tarde en la que al llegar a las cinco en punto y tomar el turno diecisiete pensé que de allí saldría a las nueve de la noche, pero no, treinta minutos después estaba fuera porque el médico hablaba a toda velocidad y claro, si él habla así a ti te da la sensación de que tienes que hablar igual, de modo que vas y le cuentas a los trancazos lo que te duele, él no te toca, no te mira, no te ve la cara, se limita a rellenar una ficha y a arrojarte encima la orden de los exámenes de sangre y la radiografía. Yo, como dicen aquí, quedé flipando.
De manera, querida Diana, que pasadas las primeras sorpresas hay que adaptarse si se quiere hacer parte de la ciudad, y la primera lección en el proceso de adaptación es respetar la silla de los ancianos y los discapacitados en el metro y en el autobús, pero sobre todo, lo más importante en el proceso para el caso de los hombres sudamericanos, es no sucumbir a su vena caballerosa y cederle el asiento a una mujer en el transporte público porque cuando lo haga sabrá lo que es el desprecio y conocerá la cara de una mujer indignada, pues no sé por qué extraña razón a las mujeres mayores de Madrid les ofende que un hombre les ofrezca el asiento, quizá porque les hace sentir viejas o quizá porque les hace sentir débiles, pero tengan la edad que tengan, estén embarazadas o con las piernas a punto de reventar, siempre dicen que no. Lo cual me lleva a pensar en cierta amiga mía que se quejaba de que en esta ciudad no ligaba nada y de repente una noche en que estoy con ella en una discoteca se le acerca un hombre simpático en plan “estudias o trabajas” y ella sin medirse y como víctima de un reflejo le suelta en un tono poco amable: “Apártate tío que si no lo haces te doy una hostia”.
En fin, más allá de los personajes agresivos que siempre tienen prisa, hay otros que se lo toman con mucha calma, los ancianitos que pasan sus tardes embebidos mirando las obras. La primera vez que los vi pensé, “Bueno, ¿cuál será la razón antropológica de este hecho sin precedentes?” y deduje que esas personas mayores de jóvenes seguramente habían construido sus casas y sabían mucho del tema, hasta que en todas las obras siempre veía a alguno gritando: “¡Jo, que la paré no está recta!” y concluí que ver obrar es el pasatiempo geriátrico nacional.
Como habrás notado a estas alturas de mi carta, me he dado a la tarea de observar, tomar atenta nota y aprender. Y de todo lo que he aprendido aquí lo que más me ha gustado es lo del café porque la primera vez que llegué a un bar a las nueve de la mañana muy en ayunas e ingenuamente pedí un tinto, el camarero me miró con cara de “Esta tía tiene mucho vicio” y a mí se me quedó la cara de piedra cuando efectivamente vi ante mí un tinto, que no era el café americano que me tomaba todas las mañanas. Y ya que más daba, no iba a entrar en detalles etnolingüísticos, me zampé el vino tinto y me fui a mi clase de diez dándome bandazos contra las paredes. Luego con el tiempo fui aprendiendo las sutilezas de pedir café en este país: café solo, café cortado, café americano, manchado, corto de café, largo de café, café bombón, solo con hielo y lo mejor, en vaso o en taza, o lo que sigue, con la leche caliente o templada, desnatada o entera, descafeinado de sobre o de máquina.
Sin embargo y pese a los mil programas de telebasura en los que investigan la vida amorosa de los famosillos hasta la vergüenza, pese a los nuevos códigos de comportamiento que hay que aprender y pese a la agresividad de sus habitantes, Madrid tiene cosas maravillosas más allá de sus museos y de su aspecto monumental, pequeñas sorpresas que uno encuentra a su paso y que jamás verá en su ciudad como un mendigo que solía pedir dinero en Gran Vía con un cartel que decía “Soy un actor de cine alemán y quiero ir a Suecia” o un pequeño aviso que había en una tienda de discos y que aclaraba a la clientela “Todas las películas de Emir Kusturica agotadas”. Eso yo nunca lo veré en Colombia y por si acaso me llego a sentir triste y deprimida víctima de la trampa de la nostalgia, me divierto yendo al bar y pidiendo un café con leche corto de café, con la leche desnatada, mitad templada y mitad caliente, en taza y con sacarina. Y si la camarera me suelta un sarcástico “Perdona bonita”, yo me siento muy halagada porque cada vez que alguien me lo dice en el tono en que me lo diga a mí me sube la autoestima.
Dale recuerdos a todos de mi parte, dile a las chicas que aquí por treinta euros puedes tener un Louis Vuiton o un Carolina Herrera que en nada se diferencia del original excepto en el precio, que hay unas librerías paradisíacas y la cartelera es tan amplia que parece un festival de cine permanente.
Nos vemos el próximo verano, espero tu visita con ilusión, me muero de ganas por ver tu cara cuando recibas los primeros aromas del metro en verano.
Un fuerte abrazo
Catherine
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