Cosas que odio
Desde hace algún tiempo no actualizo este blog, y es precisamente hoy, después de leer las reflexiones sobre la Fenomenología, de una portera intelectual en "La Elegancia del Erizo", y de atiborrarme con noticias sobre la muerte de Raúl Reyes, que se me ocurre sentarme frente al ordenador y decidir hacer un listado sobre las cosas que odio.
Desconozco el origen de esta necesidad de catarsis y aún más su relación con lo arriba mencionado, pero la cuestión es que ambas cosas me han hecho pensar en que todo aquello que me fastidia debe ser nombrado, a ver si así, por el sólo hecho de convertirlo en palabras, se materializa un instante y luego desaparece.
Si lo miro detenidamente y en retrospectiva, he vivido la mayor parte de mi vida pensando en la ridiculez humana y en la mía, por supuesto. Criticando todo aquello que me molesta sin cortarme en lo más mínimo y soportando que mi madre me diga constantemente que no hago otra cosa que quejarme de todo, especialmente cuando veo la televisión con ella, porque si hay algo que odio es ver a presentadoras de programas banales metiendo la pata mientras intentan parecer medianamente inteligentes.
También de la televisión odio los reality shows y la importancia que se les da cual si se trataran de ensayos antropológicos en los que el objeto de estudio no son los miriñaques que los protagonizan sino el público obsesionado con ellos. Pero detesto aún más a los intelectuales que elevan el reality a la categoría de estudio antropológico, manifestación de la cultura popular digna de ser analizada o consecuencia de la vacuidad de una sociedad en decadencia.
Luego están los noticieros, en dónde todos manipulan a todos y los que escriben las noticias creen que quiénes las escuchamos somos una manada de pendejos. Pero más que a ellos, odio a la manada de pendejos que se tragan entero todo lo que dicen los noticieros y los periódicos, repiten como loros el punto de vista del locutor y lo asimilan como una única e indivisible verdad.
Odio también a los políticos, a los de derechas con su discursito sobre la tradición y la familia, y a los de izquierdas con su palabrería setentera sobre la igualdad que jamás llegará a nosotros en este planeta porque no llegaremos a ser iguales ni siquiera convirtiéndonos en seres unicelulares.
Odio de la política las manifestaciones de apoyo al presidente Uribe, a los Chavistas fanáticos, a los que organizan marchas contra la violencia en Colombia que no sirven para nada, porque a estas alturas del partido ya los humanos deberíamos saber que desde Espartaco y los diez gladiadores manifestarse sólo sirve para sofocarse.
Y a la política va ligado el nacionalismo, el cual odio con todas mis fuerzas. Ese nacionalismo tontarrón que lleva a los españoles de derechas a decir que los inmigrantes son la causa de todo problema económico en este país como si los españoles nunca hubieran emigrado al resto de Europa o se hubieran largado a hacer las Américas buscando oportunidades. Ese nacionalismo tontarrón es el mismo que lleva a que circulen por internet videos y presentaciones en Power Point diciendo lo maravillosa que es Colombia, tierra de pasiones o resaltando las características más vulgares de ser barranquillero como si fueran una virtud. ¿Quiénes son los bobazos que pierden horas de su vida haciendo estas presentaciones?
¿Son acaso para que aquellas víctimas de la nostalgia caigan en la trampa? Porque si hay algo que odio más que el nacionalismo es la trampa de la nostalgia en la que caen algunos que se fueron huyendo de su país porque estaban en medio de la mierda, y ahora lo idealizan y lo echan de menos. Hablan de exquisitas comidas típicas que no podían comer porque no tenían dinero y de exóticos lugares que jamás visitaron por la misma razón. Pero lo curioso es que jamás hablan de volver, evidentemente no volverán porque dónde están les va mejor, pero se les llena la boca contando maravillas de los lugares de dónde proceden. ¡Ah la nostalgia! que sumada a la narración oral y a un poco de fantasía puede ser demasiado peligrosa y hasta depresiva.
Y siguiendo en la onda de Internet, lo que más odio son las cadenas: de oración por niños enfermos, del ángel de la guarda, de chistes malos, de fotografías sobre desastres naturales, de promesas sobre el encuentro con la suerte si lo reenvías a cincuenta personas, todo ello con el único objetivo de capturar direcciones electrónicas y de saturar la red.
Odio por supuesto a las personas maleducadas ¿y quién no? aquellas que van por la vida creyendo que son lo máximo y despreciando todo de los otros, descalificando sus opiniones y dictando cátedra sobre lo divino y lo humano como si alguien estuviera interesado en ello. ¡Vaya personajes! tengo uno muy cercano que me hacía botar el reflujo esofágico por la nariz a cada una de sus frases, afortunadamente mis neuronas han bloqueado esa reacción y ya ni siquiera escucho lo que dice, simplemente finjo un interés metódico y friamente estudiado. Funciona.
Odio los atascos, las aglomeraciones, las novelas de Isabel Allende, las películas de Tarantino y Robert Rodríguez, la corrupción galopante que amenaza con destruirnos, las cartas de ex ministros africanos pidiendo mi número de cuenta para ingresarme 25 millones de dólares, la prostitución infantil, a los pederastas, a los narcotraficantes, los finales moralizantes de las películas gringas, la música vallenata, la bachata, el merengue, el estilo lamentable del baile de salón de los europeos, el que en el primer mundo crean que en el tercer mundo vivimos en los árboles, a las poetas diosas que van por el mundo negando a sus amigas, a los poetas borrachos que te acorralan contra una pared a las tres de la mañana, a los que se dicen amantes de la arquitectura que no diferencian entre un arco de medio punto y un rosetón, a los malos amantes que van por ahí diciendo que le añaden una página al Kama Sutra, a los que piensan que es marica quien se la deja meter pero no quien la mete, a los homofóbicos, a los maridos que se niegan a salir del armario y acaban infectando a sus esposas con VIH, a las actrices de medio pelo que tienen que quitarse la ropa para después decir que su desnundo fue justificado y artístico (seguro, y chupársela al productor también lo fue), a la gente que habla con eufemismos y que no dice las cosas por su nombre: bola de imbéciles.
Si, el odio, sentimiento que nos negamos a mencionar en nuestra pretención de bondad aprehendida. Triste condición es odiar en silencio y sin poder decirlo, todo un lastre de la herencia judeo cristiana que nos ha condenado a un discurso pusilánime y políticamente correcto. Y mientras tanto yo sigo en mi proceso. Ya me falta poco para hablar de lo que envidio.
Desconozco el origen de esta necesidad de catarsis y aún más su relación con lo arriba mencionado, pero la cuestión es que ambas cosas me han hecho pensar en que todo aquello que me fastidia debe ser nombrado, a ver si así, por el sólo hecho de convertirlo en palabras, se materializa un instante y luego desaparece.
Si lo miro detenidamente y en retrospectiva, he vivido la mayor parte de mi vida pensando en la ridiculez humana y en la mía, por supuesto. Criticando todo aquello que me molesta sin cortarme en lo más mínimo y soportando que mi madre me diga constantemente que no hago otra cosa que quejarme de todo, especialmente cuando veo la televisión con ella, porque si hay algo que odio es ver a presentadoras de programas banales metiendo la pata mientras intentan parecer medianamente inteligentes.
También de la televisión odio los reality shows y la importancia que se les da cual si se trataran de ensayos antropológicos en los que el objeto de estudio no son los miriñaques que los protagonizan sino el público obsesionado con ellos. Pero detesto aún más a los intelectuales que elevan el reality a la categoría de estudio antropológico, manifestación de la cultura popular digna de ser analizada o consecuencia de la vacuidad de una sociedad en decadencia.
Luego están los noticieros, en dónde todos manipulan a todos y los que escriben las noticias creen que quiénes las escuchamos somos una manada de pendejos. Pero más que a ellos, odio a la manada de pendejos que se tragan entero todo lo que dicen los noticieros y los periódicos, repiten como loros el punto de vista del locutor y lo asimilan como una única e indivisible verdad.
Odio también a los políticos, a los de derechas con su discursito sobre la tradición y la familia, y a los de izquierdas con su palabrería setentera sobre la igualdad que jamás llegará a nosotros en este planeta porque no llegaremos a ser iguales ni siquiera convirtiéndonos en seres unicelulares.
Odio de la política las manifestaciones de apoyo al presidente Uribe, a los Chavistas fanáticos, a los que organizan marchas contra la violencia en Colombia que no sirven para nada, porque a estas alturas del partido ya los humanos deberíamos saber que desde Espartaco y los diez gladiadores manifestarse sólo sirve para sofocarse.
Y a la política va ligado el nacionalismo, el cual odio con todas mis fuerzas. Ese nacionalismo tontarrón que lleva a los españoles de derechas a decir que los inmigrantes son la causa de todo problema económico en este país como si los españoles nunca hubieran emigrado al resto de Europa o se hubieran largado a hacer las Américas buscando oportunidades. Ese nacionalismo tontarrón es el mismo que lleva a que circulen por internet videos y presentaciones en Power Point diciendo lo maravillosa que es Colombia, tierra de pasiones o resaltando las características más vulgares de ser barranquillero como si fueran una virtud. ¿Quiénes son los bobazos que pierden horas de su vida haciendo estas presentaciones?
¿Son acaso para que aquellas víctimas de la nostalgia caigan en la trampa? Porque si hay algo que odio más que el nacionalismo es la trampa de la nostalgia en la que caen algunos que se fueron huyendo de su país porque estaban en medio de la mierda, y ahora lo idealizan y lo echan de menos. Hablan de exquisitas comidas típicas que no podían comer porque no tenían dinero y de exóticos lugares que jamás visitaron por la misma razón. Pero lo curioso es que jamás hablan de volver, evidentemente no volverán porque dónde están les va mejor, pero se les llena la boca contando maravillas de los lugares de dónde proceden. ¡Ah la nostalgia! que sumada a la narración oral y a un poco de fantasía puede ser demasiado peligrosa y hasta depresiva.
Y siguiendo en la onda de Internet, lo que más odio son las cadenas: de oración por niños enfermos, del ángel de la guarda, de chistes malos, de fotografías sobre desastres naturales, de promesas sobre el encuentro con la suerte si lo reenvías a cincuenta personas, todo ello con el único objetivo de capturar direcciones electrónicas y de saturar la red.
Odio por supuesto a las personas maleducadas ¿y quién no? aquellas que van por la vida creyendo que son lo máximo y despreciando todo de los otros, descalificando sus opiniones y dictando cátedra sobre lo divino y lo humano como si alguien estuviera interesado en ello. ¡Vaya personajes! tengo uno muy cercano que me hacía botar el reflujo esofágico por la nariz a cada una de sus frases, afortunadamente mis neuronas han bloqueado esa reacción y ya ni siquiera escucho lo que dice, simplemente finjo un interés metódico y friamente estudiado. Funciona.
Odio los atascos, las aglomeraciones, las novelas de Isabel Allende, las películas de Tarantino y Robert Rodríguez, la corrupción galopante que amenaza con destruirnos, las cartas de ex ministros africanos pidiendo mi número de cuenta para ingresarme 25 millones de dólares, la prostitución infantil, a los pederastas, a los narcotraficantes, los finales moralizantes de las películas gringas, la música vallenata, la bachata, el merengue, el estilo lamentable del baile de salón de los europeos, el que en el primer mundo crean que en el tercer mundo vivimos en los árboles, a las poetas diosas que van por el mundo negando a sus amigas, a los poetas borrachos que te acorralan contra una pared a las tres de la mañana, a los que se dicen amantes de la arquitectura que no diferencian entre un arco de medio punto y un rosetón, a los malos amantes que van por ahí diciendo que le añaden una página al Kama Sutra, a los que piensan que es marica quien se la deja meter pero no quien la mete, a los homofóbicos, a los maridos que se niegan a salir del armario y acaban infectando a sus esposas con VIH, a las actrices de medio pelo que tienen que quitarse la ropa para después decir que su desnundo fue justificado y artístico (seguro, y chupársela al productor también lo fue), a la gente que habla con eufemismos y que no dice las cosas por su nombre: bola de imbéciles.
Si, el odio, sentimiento que nos negamos a mencionar en nuestra pretención de bondad aprehendida. Triste condición es odiar en silencio y sin poder decirlo, todo un lastre de la herencia judeo cristiana que nos ha condenado a un discurso pusilánime y políticamente correcto. Y mientras tanto yo sigo en mi proceso. Ya me falta poco para hablar de lo que envidio.


1 Comments:
Bravo!! con respecto a las victimas de la nostalgia por el pais que dejamos... Nunca lo hubiera podido decir mejor.
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